Invitación
Para preparar la comida puse de fondo mis canciones favoritas de Gainsbourg, las de cuando era joven y todavía no parecía un viejo verde, y Brigitte Bardot y Jane Birkin se morían por sus huesitos a pesar de ser el tío mas feo de la judería (nominado en dos categorías). Lo bueno de la música de Gainsbourg es que al escucharla se genera inmediatamente una nube de humo imaginaria que otorga mucha clase a quien le envuelve y es muy cinematográfica. Por eso nos encanta a las chicas.
A mi derecha el rissoto, sientese a mi izquierda la lasagna, ay, si no fuera por italia…, y dejen paso al colectivo de frutas sin nombre conocido encontradas en la zona bohemia de Bruselas, que a su vez han sido importadas de diversas partes del planeta, Perú, Camerún y las Cataratas de Iguazú. Pensé que me atraía la idea de la carne contra la madera, así que partí todas las frutas y las puse directamente sobre la mesa.
Llegaron los invitados por parejas y entraban despacio por la puerta, adelantando el cuello como ocas en el estanque y abrían bien los ojos mirando alrededor, (que es en realidad la única forma lógica de entrar a una casa ajena), mientras que las luces y los olores ya estaban desde hace rato charlando en el comedor. Rápidamente encontraban sus asientos alrededor de la mesa atraidos por el grupo de velas cuyas llamitas bailaban indicando el centro geográfico exacto de la habitación.
Todas aquellas caritas naranjas discretamente comenzaron a poner cosas en sus platos y así mismo hicimos nosotros.
Quería hacer una sugerencia relativa al turismo sobre la mesa: practiquen la sinestesia, imaginen a dónde podrían llegar.